Antonio Pampliega Rodríguez / Afganistán
Su rostro, recortado por las sombras de la celda, está ajado por las penurias de la vida que le ha tocado vivir. Cada arruga es una puñalada en lo más profundo de su corazón. Inexpresivo, clava sus ojos sin vida en la inmensidad de las cuatro paredes en las que vive desde hace poco más de cuatro años. Hace tiempo que está muerto en vida. Condenado a vagar entre los mortales cual espectro etéreo. Esta condenado… o mejor dicho, la guerra se ha encargado de condenarlo a morir en vida.
Se pasea en el interior de su celda cual fiera herida… Permanece encerrado. Sin tener contacto con otro ser humano; esa es su condena. “Es muy peligroso. No puede estar junto a otros pacientes porque les atacaría y alguno podría resultar gravemente herido”, afirma Mohammad Kabir, asistente del centro psiquiátrico de Herat. Alí, como se llama este joven de 20 años de mirada amenazadora, lleva cuatro años ingresado en este centro dedicado, exclusivamente, a tratar a enfermos mentales. Una mañana el mundo de Alí se detuvo y dejó de ser aquel chiquillo risueño. Un comando talibán irrumpió en su casa y asesinó, a sangre fría, a toda su familia delante de él. Aquella imagen se quedó grabada a fuego en la mente de este joven hazara. La guerra no se puede medir sólo por las bombas… Hay cicatrices que no se ven, tan profundas que son capaces de marchitar, poco a poco, a una persona.
El caso de Ali no es una excepción. El 70% de los afganos tienen algún tipo de problema mental por culpa de la guerra. 30 años de matanzas y muerte. 30 años de horror y sin sentido han hecho mella en una población que, por desgracia, empieza a estar demasiado acostumbrada a tanta barbarie. En este centro psiquiátrico de Herat 80, de los 125, internos tienen problemas mentales por culpa de la guerra. Problemas que les obligan a estar encerrados tras gruesos barrotes o encadenados con eslabones de acero que socaban su dignidad como personas y que los convierten en fieras enjauladas. Muertos en vida. Fantasmas ausentes de la realidad; que ven pasar el tiempo mientras se marchitan al mismo ritmo que el país.
Abdul Hamid se encuentra en la celda contigua a Alí, su historia muy similar. “Los talibanes entraron en el valle de Bamiyán y mataron a mis padres. Me quedé completamente solo. Durante ocho años viví escondiéndome de la gente. Apartado de todos y de todo. Cuando veía a un desconocido le atacaba con todas mis fuerzas porque pensaba que venía a matarme. Mi vida era una auténtica pesadilla porque no podía distinguir lo que era real y lo que no lo era. Un amigo de mi familia me encontró y me trajo a este centro”, cuenta Abdul mientras juega con la cadena que tiene aferrada a su tobillo. Lleva dos años encerrado en este siniestro lugar; que más que un psiquiátrico parece una cárcel.
Los pacientes viven en condiciones infrahumanas a pesar de estar bajo el amparo de la Media Luna Roja. Tirados en el suelo… son desechos humanos. Los muros de este centro son el vertedero donde los afganos arrojan aquello que no quieren ver y prefieren olvidar. Aquí se encargan de esconder las vergüenzas de su país. Nadie ha oído hablar de este lugar. Pero es real. Tan real como las pesadillas que atormentan, cada noche a Abdul. Algunos de los pacientes de este zoo humano no solo tienen problemas mentales, sus cuerpos cercenados por una bomba o una mina reflejan la historia de Afganistán. Cada uno tiene un pasado… pero su futuro es común: Esperar a que la parca se pasee por este mugriento lugar cobrándose los billetes que dan derecho a viajar al inframundo.
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