Hay quien diría que dos presos no tienen nada que ir a hacer a un instituto, que dos reclusos del penal de A Lama no pueden enseñarlos ninguna cosa buena a los alumnos de 4º de la ESO del IES As Barxas, en el municipio pontevedrés de Moaña. Quien diría todo esto, se equivoca. Carmelo y Lolo no son profesores, pero desde la mesa del maestro pueden dar lecciones más valiosas de las que aparecen en los libros de texto.
Dependencia, tolerancia, síndrome de abstinencia... la charla sobre prevención de drogas comienza con la definición de conceptos que, sorprendentemente, estos chicos de 15 y 16 años tienen bastante claros. Al igual que otros compañeros están haciendo al mismo tiempo en distintas aulas del centro escolar, los dos internos del Módulo Educativo Terapéutico (MET) les cuentan que los consumidores se dividen en experimentales, ocasionales y habituales.
Explican que hay drogas depresivas como el alcohol y la heroína, estimulantes como la cocaína y la nicotina y perturbadoras como el hachís y el éxtasis. Todas ellas con unos efectos y unos riesgos determinados.
La teoría, narrada por dos ex toxicómanos desde la experiencia y con las aportaciones puntuales de los alumnos, resulta cuando menos interesante. Pero en el ambiente se nota que los jóvenes quieren ir más allá, quieren un relato en primera persona. Una mano alzada desde la tercera fila rompe el hielo: "Yo tengo una pregunta, ¿qué tomabais vosotros?"
Cesan a los murmullos de fondo para escuchar la respuesta: "Heroína, cocaína, pastillas... casi del todo". Carmelo es el primero en abrirse, sabe que el objetivo de esta actividad es que los más nuevos no cometan sus mismos errores. "Mi problema era la heroína, pero una droga te lleva a otra: el estado de adormecimiento que te causa la heroína quieres contrarrestarlo con la cocaína", cuenta, y sigue: "La heroína te demacra, te deja roto como persona, él síndrome de abstinencia te casca rápidamente".
Surge un nuevo interrogante: ¿"Y por qué empezaste a tomarla?". "Hace 25 años no se daba la gran información que hay hoy; por causas de la vida un hermano mayor se enganchó, y uno llevó al otro, y él otro llevó al otro, y así fue la cadena en el barrio", relata Carmelo. Después de pasar por el reformatorio y por diferentes centros penitenciarios, este canario de 33 años lleva tres sin probar las drogas gracias al programa MET. "Aquí me dieron la oportunidad de salir, y además me estoy conociendo como persona, porque antes era un animal", asegura. Contar con la ayuda necesaria es fundamental, pero también la voluntad de acabar con esa autodestrucción, porque "hasta que tú decides dejarlo no hay nada qué hacer".
En el caso de Lolo, el salto a las drogas duras fue de la mano de la cocaína, esa substancia que incluso hoy semeja socialmente casi aceptada pero que es una de las que más daña el cerebro. "Yo empecé por el típico grupito de amigos y porque era un poquito cortado para entrarle a las chicas", cuenta Lolo. "Empiezas el fin de semana, pero luego la cocaína te vana llevando a otras drogas, porque el que te de la eres euforia, llegas la casa y en el puedes estarte quieto, en el eres capaz de dormir y buscas otra droga para bajar esos efectos, en mi caso la heroína", les explica a los chicos de su misma villa, Moaña. "Yo echaba una campaña en la mar y cuando llegaba, lo que ganaba en seis meses de marea, me lo fundía todo en siete días que pasaba en casa". Ahora llevo un año limpio, pero a sus 42 años y consumiendo desde los 16, duele echar la vista atrás: "Perdí a mi familia, perdí a mi mujer, perdí el trabajo que conseguí en tierra... lo perdí todo".
Los alumnos reconocen que el tabaco, el alcohol y los porros son las primeras drogas con las que se toma contacto, por influencia del grupo de amigos, "porque tú no vas a ser menos". Carmelo les pide que se paren a pensar "¿Quién eres el listo en esa situación?". Después de lo que acaban de relatar, no hay lugar a la duda porque “¿Dónde acaba él que dice que sí? En él mejor de los casos, en prisión".
"Puedes pensar que para ser alguien necesitas llevar una copa en la mano o meterte una raya, pero eres una sensación errónea", recuerda Lolo. De hecho, la cocaína genera paranoia y el alcohol provoca el único síndrome de abstinencia que puede llegar a matar.
Los chicos de As Barxas sienten curiosidad por la vida en la cárcel y los conflictos que pueden surgir en un espacio como el Módulo Educativo Terapéutico. Allí los internos aprenden a valorarse a sí mismos y a los demás, a sobrellevar responsabilidades, a respetar los turnos de palabra, a conseguir consensos... En definitiva, aprenden a convivir.
"Yo antes hacía lo que me daba la gana y, si no, me ponía agresivo. Una vida relativamente normal como la que hacen ustedes, yo no la llegué a conocer hasta hace tres años", asegura a Carmelo, a quien hoy casi no reconocen ni sus propios compañeros.
Son los mismos reclusos los que impiden que entre la droga en su módulo, aunque "cuando vienen los altibajos, lo primero que te pasa por la mente es consumir para quitarte el problema de la cabeza, pero en realidad no te quitas nada, el problema sigue estando ahí, lo único que consigues es añadir un problema más".
Carmelo y Lolo son conscientes de que cuando salgan las drogas van a estar a su alrededor y tendrán que continuar con el programa de rehabilitación, pero están decididos a salir adelante.











